
La noche del miércoles 17 de junio de 2026, un ataque masivo con drones ucranianos logró penetrar las defensas rusas y provocar varios incendios en un complejo de refinerías en el sureste de Moscú, un área ya afectada por un ataque similar el martes.
Según el alcalde de Moscú, Serguéi Sobianin, más de 190 drones fueron derribados durante la ofensiva, pero algunos lograron impactar la refinería de Kapotnia, generando incendios visibles desde la capital. Además, restos de un dron derribado cayeron sobre un centro comercial cercano, lo que añade un riesgo extra para la población civil.
Este ataque, reportado como el mayor sufrido por Rusia en dos años, se suma a la escalada de hostilidades que mantienen ambos países en conflicto. El gobernador de la región de Moscú, Andréi Vorobiov, confirmó daños en otras infraestructuras cercanas, mientras que en la región de Rostov una persona murió y dos resultaron heridas tras la caída de drones.
El Ministerio de Defensa ruso informó que en total se interceptaron 555 drones ucranianos en varias regiones, incluyendo Astraján, Bélgorod, Briansk, Volgogrado, y la península de Crimea, anexionada en 2014. Por primera vez, se activaron alertas por amenaza de misiles en la región de Nóvgorod, ubicada entre Moscú y San Petersburgo.
En medio de esta escalada, el responsable de combatir la desinformación del Consejo para la Seguridad de Ucrania, Andrí Kovalenko, señaló en Telegram que “esto es la normalidad porque Putin no quiere poner fin a la guerra”, describiendo un escenario donde “tanques arden y todo el cielo está cubierto de humo negro”.
Este episodio pone en evidencia la complejidad y la intensidad del conflicto, donde la tecnología de drones se ha convertido en un arma clave para ambos bandos, con impactos que van más allá del campo de batalla y afectan infraestructuras civiles estratégicas.
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